Examen Final

De adulto a niño y a la inversa

Cuando somos niños, deseamos con muchas ganas ser adultos, pero solo porque no sabemos lo que ser un adulto significa. Cuando somos adultos queremos ser niños otra vez, porque extrañamos esa libertad creativa que teníamos, pero, sobre todo, el no tener responsabilidades.

¿Por qué tenemos que llegar al punto de querer volver a ser niños, y no serlo?

Me acuerdo cuando un sábado a las 8:00 de la mañana Elias, mi padre, se encontraba en la cocina de nuestra casa, él me ve y me pregunta cómo me fue en el entrenamiento que había tenido en la noche pasada; yo le comenté que me fue bien, pero que tenía que mejorar en mi lanzamiento, empezamos a intercambiar técnicas de cómo podría mejorar y con gran energía, como la de un adolescente, me dijo que fuésemos a practicar.

Elias (personaje): ¡Agarra tu balón, que nos vamos a practicar!

Hija: (sorprendida le pregunto) ¿¡Ya!? ¿¡Ahorita!?

Elias: ¡Si! Muévete.

Rápidamente fui a buscar mi balón y al conseguirlo mi padre ya se encontraba esperándome en la entrada de la casa.   

Llegamos al parque y empieza a sacar unas cuerdas de ejercicios, que ni sabía de dónde habían salido.

Elias: ponte esta liga y empieza a estirar.

Hice lo que me dijo y 20 minutos después me dice que me ponga a una distancia considerable, lo hago, sin saber que esa decisión me llevaría a desear no haberle dicho nada de mis lanzamientos.

Me puso a correr por todos lados, buscando y lanzando ese balón, yo al devolvérselo le caían unos en las manos, pero otros lo hacían correr, sin embargo, mientras yo estaba jadeando del cansancio, él estaba en plena flor de la vida.

Elias: Tienes 20 años menos que yo y no aguantas unas carreritas, ja, ja, ja.

Hija: (Le lanzo una mirada asesina y respondo sarcásticamente) ¡ja, ja ja! ¡Claro cómo no eres tú el que anda como gacela perseguida por leones de aquí para allá!

Elias: ¡si eres llorona!

Hija: ¡LLORONA! Dele, me toca a mí lanzar ¡vaya y corra!

Le lancé balones por todos lados, hice que los buscara, y a pesar de que, si se veía agotado, él no decía nada y seguía corriendo feliz y burlándose de mí.

Hija: (agotada y con las manos en las rodillas le digo) ¿sabes qué?... No puedo más.

Elias: ¿y yo soy el viejo? Ja, ja,ja.

Hija: Negro creído…

Y así fue como me di cuenta que la respuesta al porqué no somos es niño, es porque no sabemos, o, porque nos dejamos llevar por el que dirán. Si vemos caricaturas somos infantiles, si vemos películas de acción, somos aburridos; si nos emocionamos por un juego, no tuvimos infancia. Y como esas muchas otras clasificaciones nos dan.

“Yo quiero ser un adulto, pero también quiero ser un niño. Ese niño que me ayude a divertirme en cualquier momento y también el que me recuerde como ser un buen padre”.

Una frase que me hizo acordarme de un viernes en la noche, cuando mi hermano de 5 años llegó a la casa, gritando y brincando de felicidad. Mi padre y yo nos encontrábamos en la sala viendo una película de rápidos y furiosos, cuando oímos los gritos de mi hermano, él apenas nos ve, sale corriendo a contarle con gran fervor a mi papá lo que había hecho.

Hijo: ¡Papá, papá!

Padre: ¡Hijo, hijo!

Hijo: con mamá fuimos al parque y había un niño, jugamos fútbol, béisbol y con muchos, muchos juguetes.

Padre: ¿¡En serio!? ¿y te divertiste mucho?

Hijo: ¡Siii! Y comimos pizza, helado, hamburguesa…pizza.

Padre: ¡wow! Todo eso ¿me imagino que debes estar cansado?

Hijo: Si ¡pero igual podemos jugar Nintendo y comer galletas, y jugar a las peleas!

Padre: ¡Dale pues! Busca el Nintendo y lo conectamos.

El niño le hizo caso y al rato ya estaba todo instalado. mientras yo veía como mi padre con mucha paciencia e ingenio buscaba explicarle a mi hermano como se jugaba y se reían cada vez que se caían o los mataban en el juego.

Sin duda es unos de los recuerdos que me llevan a pensar que él es un buen padre. Esa risa, esa emoción contagiosa que te ayuda a darte cuenta que es cierto lo que él dice, “Podre tener 25, 30, 40 años, pero la razón por la que yo me sigo viendo joven, es porque no pierdo ese niño interior, ese espíritu alegre y aventurero, que me daba la energía de ir a jugar con mis amigos del barrio, que me daba la valentía de montarme en una mata de mango, para tumbar el fruto de este”.

Un niño tiene que sentirse orgulloso de ser un adulto y, el adulto tiene que recordar que tiene alma alegre. Porque esa alma tiene un nombre y tiene una razón para estar ahí.

¿Y sabes quién es, cómo se llama o cómo se ve?

Mírate en un espejo y te verás a ti mismo, y sonríes porque te imaginas todas esas aventuras que hiciste de pequeño y que puedes seguir teniendo, si tan solo van de la mano, en una sola dirección.


 Quiero ser adulto, pero sin olvidarme del niño que fui. 



















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